(Abandonando la ciencia ficción y la fantasía épica para ponerme con una de espías)

«Espiar es esperar»

John le Carré, pseudónimo de David John Moore Cornwell, es un anciano caballero británico muy conocido por su prolífica obra literaria, casi toda relacionada con espionaje y el servicio secreto británico. A este caballero lo conocí cuando leí The constant gardener (la leí en inglés y, aunque un poco lenta, me pareció magnífica; tengo que escribir por aquí alguna reseña al respecto), y desde entonces he ido leyendo poco a poco algunas cosillas suyas. La última adquisición, que hice gracias a Ki en el Rastro (fue él quien vio la novela asomando entre los libros apilados en uno de los puestos), ha sido La casa Rusia. Otra pequeña joya del género de espías. También, otra historia lenta, contada al ritmo peculiar de le Carré.

La novela se ubica en algún punto indeterminado de la mitad de los años 80, ya que transcurre antes de la perestroika. Barley es un editor inglés de mediana edad, divorciado, con dos hijos adultos y una nietecita, que lleva sin demasiado entusiasmo una pequeña editorial, que es en realidad un negocio familiar que sus ancianas tías dirigen en la sombra. Barley también es un tipo carismático y encantador, a su peculiar manera, desencantado con la vida, y ciertamente bebe demasiado. A pesar del comunismo soviético y del hecho de que la guerra fría todavía no ha terminado, Barley acude frecuentemente a Moscú a representar a su editorial en diversas ferias, buscando acuerdos comerciales recíprocos. En uno de esos eventos, diversas circunstancias (unidas al alcohol) llevan a Barley a realizar un emotivo discurso acerca de la necesidad de establecer un nuevo orden global, ya que el mundo, con la carrera nuclear, amenaza con irse a pique. Y allí es escuchado por un misterioso hombre que se hace llamar Goethe, que oye en boca de Barley sus propios pensamientos verbalizados.

En la siguiente feria moscovita, una mujer llamada Katya es enviada para entregar a Barley un manuscrito, de parte de Goethe, para que lo haga público a través de su editorial. Este manuscrito consta de tres cuadernos cuya publicación, según Goethe, puede conseguir ese nuevo mundo que Barley profetizaba. El único problema es que Barley, que en realidad odia su vida y el trabajo en la editorial, no acude a la feria. Katya, desesperada, entrega el manuscrito a Niki Landau, otro británico del mundillo editorial que manifiesta conocer a Barley muy bien (probablemente para impresionar a la hermosa Katya). Sin embargo, las revelaciones que Katya realiza como confidente, así como su propia curiosidad, lo empujan a realizar un escrutinio del manuscrito. En él encuentra un galimatías de apuntes e historias, pero también complejas fórmulas matemáticas, planos, y todo lo que parecen secretos del Estado soviético. Niki se asusta un poco, pero después se emociona con la idea. Sin embargo, es un tipo honesto, y al principio intenta localizar a Barley para entregarle los manuscritos. No obstante, al fracasar todos sus intentos (nadie parece saber dónde está escondido Barley en estos momentos), la situación da un vuelco cuando Niki, asustado ya del todo, decide entregar los manuscritos al Servicio Secreto Británico...

En esta novela se pueden encontrar bastantes de los elementos típicos de le Carré a la hora de escribir una novela. Por ejemplo, introducir al comienzo un personaje perfectamente delineado (Niki Landau) para presentar la historia; personaje al que no se le va a volver a ver el pelo en la novela y que no tendrá mayor trascendencia, salvo por algunas brevísimas referencias aquí y allá. El héroe (Barley) es en realidad un ser humano corriente y moliente, e incluso insulso a primera vista; sin embargo, también se trata de un tipo ingenioso, astuto y muy inteligente. Tal y como sucede, por ejemplo, con el protagonista de El jardinero fiel. Y la dama en apuros (Katya) es una de esas bellezas inteligentes y sacrificadas, toda una heroína en la sombra, admirable y abnegada. Por parte de los personajes, no hay sorpresas: es lo que cabe esperar en una novela de le Carré. Eso sí, como también es habitual, el perfil de los personajes es tan complejo y tan detallado, que realmente no importa que se repitan los esquemas típicos. Cada personaje importante en muchas de las novelas de este anciano británico parte de una misma base, eso es cierto. Pero le Carré hace también que cada personaje sea único e irrepetible.

Otro detalle muy típico de le Carré: la introspección. Los personajes se analizan a sí mismos, reflexionan, establecen paralelismos entre su vida y los sucesos que tienen que enfrentar en los momentos críticos. Aman, odian, y meditan sus sentimientos. Eso les da bastante profundidad, y hace a su vez que el lector descanse un poco de la dura línea argumental. Se nos presenta por una parte una Rusia con grandes desigualdades y con una atmósfera opresiva, ambas cosas debidas al cerrado régimen comunista. Por otra parte, se nos presenta el capitalismo estadounidense y su premisa de lo importante es que la opinión pública no sepa hasta qué punto la política exterior estadounidense es y ha sido siempre una cortina de humo. Y en medio, el gobierno británico y su hipócrita autocomplacencia. Le Carré nunca se ha cortado un pelo a la hora de criticar a los suyos.

El problema principal: el ritmo. Le Carré se toma su tiempo para deshacer la maraña y tirar del hilo. No digo que lo haga mal, sólo digo que lo hace muy despacio. A mí personalmente no es que me importe demasiado; pero sé de gente a la que le desespera tanta lentitud.

En cuanto a la cita que pongo al comienzo de la reseña: al comenzar la novela identifiqué varios párrafos bastante interesantes, con reflexiones sobre el pacifismo, la visión que los rusos tienen del mundo, y el sinsentido de la guerra fría. En realidad, además de una buena novela de espías, La casa Rusia es una bonita historia sobre el amor (a la patria, a la familia, a los amantes) y sobre el precio que hay que pagar para ser libre e independiente, algo que no es tan sencillo como debería en ninguna parte del mundo. Pero me he decantado por esa sencilla frase porque, aunque no lo parezca, esas tres palabras tienen mucho significado en la novela. Cuando la leáis (si es que lo hacéis), sabréis por qué.